miércoles, 9 de enero de 2008

Impunidad asegurada

En Nuremberg varios jerarcas fueron condenados a la pena de muerte y otros fueron a la cárcel. El tristemente célebre Rudolf Hess estuvo en Spandau, cerca de Berlín, entre 1946 y 1987, cuando terminó suicidándose. Los norteamericanos y británicos habían querido suavizar las condiciones e incluso darle la libertad a Hess en 1974, al cumplir los 80 años. Los soviéticos se opusieron a eso y a la flexibilización de tener televisión, radio, un sillón y una alfombra.

Videla, Menéndez y Cristino Nicolaides tienen suerte de que aquí no se haya adoptado la metodología de los aliados de la Segunda Guerra para juzgar a los nazis.


Astiz y demás genocidas deben alegrarse de ser argentinos y de que sus crímenes no fueran juzgados como en Nuremberg.

No solo tubieron esa suerte, si no que gozan de la impunidad a costa de sangre de miles de argen tinos. Pero de lo más grave de todo no se habla, de los miles y miles de asesinos toturadores y cómplices que siguen viviendo como vecinos nuestros, los cruzamos por la calle, no los conocemos.

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